Capítulo III. Proceso de reflexión


Al día siguiente -esto es, después del siguiente periodo de descanso- ni tan siquiera entabló comunicación con otros seres. Las pocas llamadas telepáticas que recibía las despachaba con rapidez, no tenía el día para tonterías: había realizado un gran descubrimiento, un método para traspasar las coronas ¡incluso en pleno toque de queda!

Por lo que conocía Conector, los seres sólo se alienaban en momentos concretos de forma voluntaria, mientras que el descubrimiento se refería más bien a un acto reflejo. Sin que nadie lo supiera, estos actos reflejos también eran frecuentes, aunque no cotidianos. Eran muchas las dudas que se amontonaban en su interior. Pasó casi todo el tiempo junto a su progenitor y los otros manipuladores, observando cómo manufacturaban lo que para nosotros serían mojones.

El procedimiento, fatigante, se repetía una y otra vez: se tomaba un émbolo y se cubría bien fuerte con material también sólido, y se generaba un espacio de vacío que después se rodeaba por la base del objeto, colocando el sistema de cierre. Según este procedimiento se fabricaban la mayoría de sus objetos: las gotas (sus propias casas o los refugios -muchos seres no tenían un lugar central donde descansar, sino varios de ellos distribuidos dependiendo de sus actividades, en ocasiones compartidos), los medios de locomoción, los descansillos que había por doquier con aportaciones artísticas incluso, ...

Y el procedimiento se repetía una y otra vez: cubrir émbolo, generar vacío, cerrar; cubrir émbolo, generar vacío, cerrar; así una y otra vez. Conector los miraba trabajar: cuanto más observaba a los manipuladores más le sobrevenían las dudas y las preguntas... hasta que caía preso de la sicosis que le producían sus ideas entorno a tan ingenioso y peligroso descubrimiento. Se volvía loco y actuaba de forma incoherente; los demás pensaban que estaba atontado o drogado y se disponían a llamarle la atención cuando se marchó en busca de un ambiente más “fresco”.

Se encontró con sus amigos de corona, que iban aquí y allá buscando algún empleo efímero para comprar sustancia exogenada, como de costumbre. Conector no encontraba a su buen amigo, no respondía a sus llamadas. ¿Dónde se habría metido? Más tarde descubriría que estaba visitando una “torre de control” en busca de empleo, una de las funciones que Conector más detestaba, como la gran mayoría de los seres, excepto la minoría que aceptaba estos empleos.

El amigo de Conector -conocido como Esforzado, porque era un ser muy voluntarioso y entregado a sí mismo y a los demás- no era un gran amante del orden de coronas pero, al fin y al cabo, su progenitor ejercía de vigía con gran orgullo. Los seres que aceptaban esa dedicación se engañaban pensando que eran más cuantiosas las ocasiones en las que ayudaban a sus congéneres que las veces en que el trabajo resultaba ingrato.

El progenitor de Esforzado siempre trataba de convencerles de las bondades de la tarea, basada en obtener los aranceles por el paso de la mercancía para repartirlos entre los miembros más necesitados de la corona de acuerdo con el 'sentir común' de la corona. El sentimiento colectivo o 'sentir común', era una especie de consenso que se lograba de forma espontánea, sin formalidad alguna en el mismo momento de darse un problema colectivo -y los aranceles lo eran. Se trataba de una fórmula que iban corrigiendo mediante telepatía y que tenía un reducto físico, pues los seres se posicionaban de una u otra manera para emitir la señal de corriente eléctrica.

Se trataba, en definitiva una respuesta sencilla, concreta, que se formulaba con una operación compleja construida de forma colectiva, ajustándose a unas fórmulas con las que calculaban la masa que pretendía traspasar la frontera -sólo se escrutaba el tráfico hacia coronas interiores, o superiores- y su equivalente en proporción al de la corona entera y otros parámetros de convección. La solución alcanzaba plena validez por consentimiento o aquiescencia de todos excepto un miembro de la corona, y esto sucedía constantemente en el caso de los aranceles. Todos los miembros de la corona participaban en el cálculo, la recaudación y en el reparto de los aranceles. Era algo así como si a todo el material, incluidos los viajeros, se le designara un impuesto, y se les expropiara en el mismo acto de la cuantificación. En caso de repudio por parte del pretendido visitante, el consenso se detenía y se le devolvía la materia, expulsándolo de la corona.

Como los seres no solían interesarse en esta cuestión se trataba de una falacia en la que casi todos asistían a la propuesta del vigilante, que solía ser exacta, y sin embargo elevada, en todos los casos. La cuantía de los aranceles impedía viajar por las coronas en plena libertad y, normalmente, impedía incluso salir de la propia corona.

Esforzado encontraba muy aburrida esta función, sin ninguna gratificación personal pero al fin y al cabo era entretenida. Conector la juzgaba despreciable, resultando ser constantemente el único disidente que daba validez al falso consenso, alternándose en la disconformidad con otros seres, generalmente despreciados por el resto de miembros de la corona.

Conector y el resto de disidentes consideraban la función de vigilancia como el causante directo del malestar “económico” y “cultural” -por decirlo de alguna manera- de las coronas inferiores. La encontraban corrupta y mezquina, incluso en el reparto comunitario de los aranceles, la repelían (físicamente hablando, incluso). “Ese consenso no es más que una mentira, que todos consentimos porque no conocemos la auténtica y genuina proporción, la posición correcta de los flujos. Habiendo como hay material en abundancia en las coronas superiores, ¿por qué tenemos que repartirnos nosotros las migajas?”, solía argumentar en clandestinidad. En realidad tenía razón, el sistema de coronas perpetuaba la miseria de muchos seres sin justificación e impedía el libre movimiento de los seres.

Conector pensaba que eliminando los aranceles, y librando el material a su flujo natural todos los seres podrían llegar a ser prácticamente iguales en volumen, que la libertad de movimiento -en nuestro lenguaje- no sólo era posible sino más neutra, más limpia y más bella, fluctuante. Al fin y al cabo, si toda la materia fluyera en libertad, no sería necesario estar en uno u otro lugar del planeta porque todos los lugares tendrían suficiente alimento y materia; cada rincón podría ser un paraíso de diversión y algo de trabajo eficiente. El ideal de Conector era posible, solamente habría requerido una única frontera exterior para evitar la pérdida de materia, que en el sistema de coronas se mantenía por la necesidad de buscar alimento más adentro, más arriba, por parte de los seres de las últimas coronas.

La abundancia de material en el centro hacía que los seres fueran más grandes, más robustos y más longevos (y muchos de ellos inmortales por invulnerables). Conector no sólo sabía de ellos sino que los había conocido directamente en visita acompañando a su progenitor como aprendiz del taller, que contaba con importantes clientes en unas centenas de coronas más adelante. Casi les repudiaba, casi; y tanto mejor, porque si su repudio era descubierto, le podrían haber hecho retroceder unas cuantas coronas, hasta que el rumor de su fama se hubiera desvanecido.

Por el momento Conector no sabía que Esforzado se encontraba de visita en la torre de control. Bajó una corona y el trasiego era mayor. Después de lo sucedido la noche anterior, nadie estaba satisfecho allí; en actitud totalmente sumisa, todos trabajaban en sus puestos habituales, con total normalidad; no había entretenimiento para un coronario superior, así que decidió volver.

De camino a casa se distrajo tanto como pudo contemplando las diferentes funciones (¡todavía había funciones que desconocía!). Pero todo esfuerzo resultaba inútil, una y otra vez se le planteaban los interrogantes: cuánto duraría la alienación, si tendría un límite temporal o de coronas, si la alienación también se detenía en algún punto o si era como la expulsión, que se detenía en un punto natural (cuando se desvanecía el conocimiento del agravio por los demás seres), ...

Ninguna pregunta de las que se hacía tenía una mínima respuesta, sino que daba lugar, opuestamente, a nuevas dudas. La historia se le empezaba a hacer grande y no quería -¡no sabía si podía!- compartirla. Muchas, muchas dudas...

En el fondo se trataba de dudas importantes y que nunca lograría resolver. Intentó, por un instante, preguntarle a su progenitor y al resto de manipuladores del taller sobre su descubrimiento, sin desvelar el verdadero sentido de la historia, aunque tuvo que dar demasiadas vueltas para explicarlo. Su progenitor se encontraba junto al resto de manipuladores y Conector lanzó la pregunta.

Les preguntó algo así como qué harían si descubrieran un método de manipulación más eficiente al que utilizaban. Todos coincidían en la misma respuesta, bueno dos respuestas. Primero, que no existe otro método de manipulación; segundo, que si existiera ahora mismo habitarían una corona superior. Entonces empezaban a bromear con los lujos y placeres de más que podrían tener, totalmente imposibles, claro (reproduciré sus comunicaciones con diálogos, pero no son más que vulgares transcripciones de la comunicación teatral que realizaban):
– ¡Ea, entonces a inventar un nuevo método, a prisa! -decía uno a la vez que palpitaba, como de risa.
– Cuando lo hayamos conseguido, estaremos en la última corona y ya sabéis lo que dicen, que más allá sólo hay abismo, tal vez cuando lo inventemos ya nos estaremos precipitando en el vacío, pero gritaremos bien fuerte mientras morimos: “¡hemos inventado un nuevo método de manipulación de materiales!”-bromeaba otro, como si fingiera creer que entre todos les fueran a agradecer el descubrimiento expulsándolos a la última corona, despreciando su invención, una reacción absurda e imposible, para entendernos; no podían parar de palpitar...

Dado que no eran capaces de imaginar otro método de manipulación, seguían bromeando: a un aprendiz se le ocurrió proponer la empresa de prometer la invención de un nuevo método de manufactura a los miembros de la primera corona -que constituían un verdadero enigma para la mayoría de los seres del resto de coronas- a cambio de vivir en la primera corona hasta el momento de la invención.

Las bromas eran cada vez más exageradas, y ridiculizaban tanto a Conector que acabó marchándose por segunda vez. Vagó un rato y se detuvo en un descanso solitario de gran belleza y efecto, manufacturado por un ser anónimo, con vacío dinámico en casi todos sus extremos que conseguían adecuarse al entorno en infinitud de formas moldeables según el interés o la propia interacción del visitante. Era plácido y, en su regazo, consiguió dejar la mente en blanco en relación con aquel asunto. Intentó abstraerse por un momento para dejar de pensar en el descubrimiento. Justo en ese momento en el que ya no pensó en nada, la idea llegó por su propia voluntad, se compuso sola. Sin embargo, todavía descansó un largo rato.

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